–Cuando me levanto en la mañana y voy al baño a rasurarme, me veo en el espejo y digo: “¿Quién es ese tipo?”.
Buck le contó esto a su sobrino de quince años, Roy, cuando Buck ya era un cincuentón. Viviría cuarenta años más. Buck dijo esto un año después de que su padre, el abuelo de Roy, muriera a la edad de ochenta y dos. Después de haber vivido casi toda su vida en Chicago, Buck y su segunda esposa, Carmen, se habían mudado a Tampa, Florida, donde él estableció una constructora de viviendas prefabricadas. Buck era un hombre guapo, vanidoso, y desde los veinte había sido lo que muchos definirían como un mujeriego. Había tenido novias de vez en cuando mientras estaba casado, pero nada muy serio hasta que empezó a salir con Maureen de manera habitual.
Maureen era una divorciada ya adentrada a sus treintas que vivía con su hija de dieciocho en una de las casas prefabricadas de la compañía de Buck. Era una rubia atractiva que tomaba clases de arte y filosofía en la Universidad de South Florida, y era una pintora seria. Buck se la llevaba de viaje fuera del país, sobre todo a Honduras, donde Buck tenía una casa en Utila, en las Islas de la Bahía. Maureen disfrutaba de practicar windsurf allí, incluso en aguas infestadas de tiburones, y de pintar al óleo a la gente y los lugares de la zona. Buck estaba impresionado por su talento artístico y su intrépido atletismo. Un año después de que su relación comenzara, Maureen logró convencer a Buck de que se casara con ella en Roatán, la capital de las Islas de la Bahía.
—Solo estaremos casados en Honduras —dijo Maureen—. Te puedes quedar a Carmen en Tampa.
Buck no se tomó este matrimonio en serio y no se lo contó a nadie.
Llegó el momento en que Maureen le pidió a Buck que la apoyara en sus finanzas a ella y a su hija, quien tenía problemas psicológicos que requerían cuidado médico constante. A Buck nunca le había importado darle dinero a Maureen de vez en cuando, pero a este exigir no cedió. Maureen lo amenazó con revelarle su relación a Carmen, y, si era necesario, demandarlo para obtener una manutención. Buck le informó a Maureen que su matrimonio hondureño no sería reconocido legalmente en Florida y que, por lo tanto, no le debía nada.
Maureen consultó al abogado que había contratado para su divorcio anterior; él le explicó que ella no tenía derechos legales pero que podía demandar a Buck por incumplimiento de promesa, aunque eso sería determinado con base en su palabra contra la de él. El abogado agregó que sus probabilidades de ganar en la corte una satisfacción financiera no eran buenas. Lo mejor que Maureen podía hacer, le sugirió, era convencer a Buck de resolver su situación en privado, y de ser posible sin rencor.
Cuando Roy, quien había conocido a Maureen y le había caído bien, le preguntó a su tío por qué ya nunca la volvió a ver, Buck le contó lo que había pasado y dijo:
—Nunca esperes que las relaciones, ya sean personales o profesionales, terminen bien, en especial cuando hay dinero de por medio.
—¿Tuviste que pagarle a Maureen? —preguntó Roy.
—Le di algo. No estaba feliz con cuánto, pero lo aceptó.
—¿Y en Honduras?
—En Honduras, ¿qué?
—Todavía estás casado con Maureen allá, ¿no?
—En Roatán, lo único que tiene que hacer un hombre para deshacerse de su esposa es pagarle cincuenta dólares a un juez para que declare nulo el matrimonio sobre la base de incompatibilidad.
—¿Y si tienen hijos?
—Lo mismo. Depende del hombre si quiere pagar manutención.
—Supongo que es mejor ser un hombre en Honduras.
—Sí, sobrino, es un buen lugar para casarse.
—No se me olvida, tío.
—Te voy a contar una historia sobre Maureen. Ella quería ir a París, así que ahí la llevé. Volamos en primera clase ida y vuelta. Lo primero que ella quería ver era la Torre Eiffel. Fuimos hasta arriba. Nos quedamos en un hotel elegante, fuimos a todos los museos de arte, los mejores restaurantes. Renté un carro y la llevé a Versalles, a visitar el palacio. Después de que regresamos a Tampa, su amiga Agnes me contó que Maureen se quejó con ella de cómo la apuré por todos lados en París, de que solo nos quedamos una semana, que dije que tenía que regresar a supervisar un proyecto de construcción. Maureen le dijo a Agnes que sabía que yo no podía esconderle a Carmen una ausencia más larga. Hasta dijo que una noche la dejé sola por dos horas para irme con una prostituta. Maureen y yo no nos separamos ni una vez en todo ese tiempo.
—¿Fuiste a París con Maureen antes o después de que te casaste con ella en Honduras?
—Después.
—Entonces era como una luna de miel.
—Supongo que ella lo vio así.
Roy no le volvió a preguntar a su tío acerca de Maureen, pero una noche, cuando fueron a cenar a un restaurante, la vieron sentada en una mesa con un hombre. Maureen también los vio, pero fingió que no. ![]()
Barry Gifford nació en 1946 en Chicago. Hijo de un hombre que se ganaba la vida por medios harto dudosos, pasó gran parte de su infancia en diversos hoteles de distintas ciudades. Estudió poco más de un año en la Universidad de Missouri, que abandonó para dirigirse a Europa, donde ejerció los oficios más dispares. Tras regresar a los Estados Unidos, se instaló en la Costa Oeste, donde publicó su primera novela, A Boy’s Novel, y varios libros de poemas. Fue uno de los fundadores de la Black Lizzard Press, que rescató del olvido a los más grandes escritores de novela negra americanos de los años cuarenta y cincuenta. La novela que le lanzó a la fama fue La historia de Sallor y Lula (Corazón salvaje), publicada en castellano por Alianza, que fue llevada al cine por David Lynch.
Manuel Calvillo de la Garza es un escritor y traductor de Monterrey, México. Tiene un doctorado en literatura y escritura de la Universidad de Denver y es traductor para el Centro para las Artes Literarias de la Fundación Borchard, para A Leer Más Cuentos, y de una próxima antología de los cuentos de la escritora mexicana Yael Weiss.
